miércoles, 7 de abril de 2010


Estar solo es en definitiva estar solo dentro de cierto plano en el que otras soledades podrían comunicarse con nosotros si la cosa fuese posible. Pero cualquier conflicto provoca la brutal intersección de planos diferentes.
"En el fondo podríamos ser como en la superficie, pero habría que vivir de otra manera".
¿Y qué quiere decir vivir de otra manera? Quizá vivir absurdamente para acabar con lo absurdo, tirarse en sí mismo con una tal violencia que el salto acabara en los brazos de otro. Sí, quizá el amor, pero la otherness nos dura poco. En el fondo no hay otherness, apenas la agradable togheterness. Cierto que ya es algo... Amor, ceremonia ontologizante, dadora de ser.
Sin poseerse no había posesión de la otredad, ¿y quién se poseía de veras? ¿quién estaba de vuelta de sí mismo, de la soledad absoluta que representa no contar si quiera con la compañía propia, tener que metrse en el cine, o en el prostíbulo o en la casa de los amigos o en una profesión absorbente o en el matrimonio para estar por lo menos solo-entre-los-demás? Así, paradojicamente, el colmo de la soledad conducía al colmo del gregarismo, a la gran ilusión de la compañía ajena, al hombre solo en la sala de los espejos y los ecos. Pero gentes como él y tantos otros, que se aceptaban a sí mismos (o que se rechazaban pero conociéndose de cerca) entraban en la peor paradoja, la de estar quizá al borde de la otredad y no poder franquearlo. La verdadera otredad hecha de delicados contactos, de maravillosos ajustes con el mundo, no podía cumplirse desde un sólo termino, a la mano tendida debía responder otra mano desde afuera, desde lo otro.

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