No sería capaz de decirle con palabras sabias que lo quiero. No podría escribirle una canción de amor para después cantársela, o escribirle una de esas cartas que deben ser así o así (aquellas en que no podría salirme de la formalidad). Aunque así lo quisiera y lo intentara incontables veces en diversos días de cualquier fecha, todo sería ineficiente.
Y es así como sin pensarlo ya estoy volviéndome inmensamente estúpida y deja de importarme ser poco coherente y que el desorden vuelva a restablecerse en mis días. Es también, cuando me gustaría que sólo quizás sepa él también de alguna u otra forma lo que está pasando en mi mundo, porque ni leyendo esto, ni escribiendo la carta, cantando, siendo un poco más sabía, lo entendería y posiblemente caiga en la cotidianeidad de pensar que soy bastante vulgar o algo exepcional o quizás con un poco más de profundidad... bastante inexacta (sobre todo por escribir como se me da la gana).
Aunque hable de cotidianeidad y todas esas cosas con las que encierro al común de la gente, él es mucho más que eso, pero al intentar explicarlo vuelvo a caer en la sopa de letras de un domingo por la noche, y vuelvo a reírme de mí sólo por ser tan... ocurrente y por quererlo vasta-mente hasta que me salga el amor por todos los lados posibles y ese tipo de cosas que suceden en la cabeza de los mismos que como bien describe Julio "se dan citas exactas y necesitan papel rayado para escribirse y aprietan desde abajo el tubo de dentífrico".
Pero yo ya no quiero hablar de estas cosas porque siento que nunca llego al punto, y el punto es que no sé cuál es el punto y me encanta no saberlo porque cuando se sabe, se hecha todo a perder y se pierde la magia, y cuando se deja de sentir se deja de escribir y las palabras pierden su gracia... al igual que cuando se siente mucho, las palabras salen solas sin entender porqué y se acomodan independientemente formándose en textos meramente declarativos, expresivos, poco explicables y descifrables pero que aman.