Y no quería estar ahí, hubiese preferido no presenciar el momento en que el amor parece las sobras de años atrás, despreciadas y ya casi invisibles. Me tapé los oídos para escuchar, paradoja incomprensible para quienes no consideran la reacción de todo hombre frente a lo que menosprecia y a su vez apasiona y cautiva, me quedé en silencio, lloré, suspiré, gemí. No pude entender el transcurso de la vida, el amor y el odio situados al límite de los corazones, saltar de un extremo al otro solo constó de extender el pie hacia lo otro y asomarse, sentir como poco a poco la sensibilidad se pone negra, se pierde la compasión, la delicadeza pierde su lugar y el dolor se encuentra...
Después del furor, la nostalgia y sus pieles... el silencio. Nadie dijo nada, se entendieron posiciones con miradas, con gestos y con lo que cada uno de ellos lleva del otro en su propio cuerpo. Me senté y observé, ya no era mi plano frente al de ellos, ahora éramos tres. Algo se rompió, la separación como alegoría de desavenencia, la desavenencia como sinónimo de ruptura.
Más tarde la desaparición y el desencuentro mutuo. La pausa, y su vez, el correr de las emociones por el tórax.