miércoles, 17 de agosto de 2011

Escucho tu voz, leo tu discurso. Te escucho de a partes, perdiéndome entre tus sobrias palabras, los capítulos como estimulantes de anda a saber qué cosas, creyendo entender y a la vez sabiendo que sólo puedo entenderte en lo concreto que no alcanzas a ser, en esa suma de partes que se convierten en mi todo y sacan un escalofrío, y otro, y otro... y de golpe este frío con calor, como cuando digo una mentira de esas que me encantan y asustan, el miedo...
Te convertís en mi musa, en el espejo de mi alma. Te siento en la garganta, en la cabeza, en las manos. Te siento en el cuerpo y te escribo mientras se me viene a la cabeza un círculo blanco, el instante poco transparente, el espacio entre tus pies y mis manos, tus besos y mis piernas como símbolo de desafecto y discrepancia.
Pero todavía no llegaría el momento del llanto y la pausa, porque todavía sigo escuchándote, de a poco te me vas yendo, alejando y lo sé.. y es ese saber mi tragedia y mi razón de vivir, la distancia de la concepción al hoy, del hoy al deceso, del hoy al suicidio. El sentido más absurdo y desconocido, pero aún así, es todo eso lo que me da vida, tu hablar y mis letras como la motivación más sutil del cuerpo muerto...

No hay comentarios:

Publicar un comentario